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Queridos Reyes Magos... (el secreto de su Magia)

Rafa J. Martínez Opinió divendres, 03 de gener de 2014

Este año sería distinto. Me haría la dormida y esperaría a que mis padres recogieran la mesa y cerraran la puerta de su habitación. Esperaría a que su rendija no desprendiera más luz para saltar de la cama. No pasaría otras Navidades sin sorprenderlos in fraganti.

Disculpen la premura, en un instante estoy con ustedes. Tan sólo permítanme que tome el brebaje que hará que crezca mi barba en cuestión de segundos. Ya lo dijo mi padre antes de darse por vencido: "Nunca llegarás a nada si te sigues disfrazando de mujer barbuda". No necesito llegar, pensé, sí en cambio disfrutar del camino. Dejen que hoy sea literaria.

Procuraría observarlos a escondidas, agazapada tras mi puerta entreabierta. Tan sólo quería comprobar cómo hacían su trabajo. Me maravillaba el modo que tenían de llegar a todos los hogares del mundo en unas pocas horas. ¿De verdad podrían entrar los camellos al salón sin armar el más mínimo alboroto? Y por qué se dejaban las migajas de pan esparcidas por el suelo.

Todas las incógnitas las iba a desvelar aquella misma noche. Estaba dispuesta a permanecer despierta el tiempo que hiciera falta con tal de descubrir el secreto de su Magia.

Aún no sé cómo, a la mañana siguiente un hormigueo me despertaba envuelta en sábanas. Pero... ¡maldición! ¡Qué fue de mi vigía! Otra ocasión desperdiciada. Había perdido la oportunidad de conocer el mayor misterio al que me había enfrentado. Año tras año, todos y cada uno de los planes urdidos desde mi lado más maquiavélico se vinieron abajo. Aún no sé cómo.

Al fin, tras media vida lo vi con mis propios ojos. No los de mi rostro, esos me tenían confundida, sino los de mi alma.

Y es que, de una vez por todas, dejé de buscar tras los personajes de carne y hueso que se disfrazaban de Oriente en la esperada Noche de Reyes. No residía en ellos la Magía que me tenía embobada. Tampoco en las carrozas que engalanaban las calles, ni tan siquiera en el colorido de los pajes ni en los caramelos voladores que brincaban desde lo alto de los carromatos cargados de regalos. No, no estaba ahí el sentido de su Magia.

Lo tuve tan cerca... la noche de un cinco de enero cualquiera, la única del año que podría extraerse de un cuento de H.C. Andersen.

Fue en los ojos de mi hijo, abiertos como platos, y cuyas pupilas se mantenían dilatadas de asombro. Cogido de mi mano estaba. Fue en la ilusión a raudales que desprendía su cara; fue en el aroma inoloro del aire y en las luces que se apagaban a cuentagotas desde los edificios. En su risa nerviosa y en la sorpresa de cada uno de sus descubrimientos señalados con ímpetu. Fue en la delicada candidez de su mirada y en su bendita inocencia. Me di cuenta que es en ese lugar, sin ir más lejos, donde radica el secreto de su Magia, una Magia acentuada al sorprender a mi pequeño renacuajo rendido tras la puerta de su dormitorio justo antes de que sus majestades entraran en el salón protegidos por la penumbra de la noche.


Rafa J. Martínez
Rafa J. MartínezEscriptor i jurista
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