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Hoteles para no dormir

Pablo Alcaraz Opinió divendres, 12 de maig de 2017

Permitan que, ahora que Tarragona anda en debates hoteleros, yo aproveche estas líneas para recordar el peor hotel en el que me he hospedado (y he estado en unos cuantos malos) y mi relación con el Imperial Tarraco.

Durante unos años se sumaron dos circunstancias: ganas de viajar y poco dinero. Eso dio como resultado a un grupo de veinteañeros con mochila a cuestas y noches en, por ejemplo, un hostel de Ámsterdam. Habitaciones de ocho literas, compartidas con unos norteamericanos y un grupo de chinas. Nosotros, por aquello de investigar la ciudad cuando el sol se escondía, volvíamos de madrugada y aún recuerdo la mirada de una de las asiáticas que se pasaba la noche mirando por la ventana y observándonos sin pestañear. Uno intentaba dormir y notaba la mirada fija de la joven. Te despertabas y ahí seguía. Quieta, callada, en su litera, observando. Como en una película de terror. Intentamos que se sumara al grupo, que si tenía algún problema de insomnio se viniera con nosotros a colarse a las zonas VIP de las discotecas y cantar canciones de Oasis. Rechazó la oferta. Quiero creer que su nivel de inglés era peor que el nuestro y no nos entendió, porque la oferta era bastante buena, pero la cuestión es que dijo que no.

Lo más triste en ese hotel no fue la negativa de nuestra amiga la insomne. Ni tan siquiera la ducha comunitaria o la calidad de los colchones, que aún tengo contracturas de esos días. Lo peor fue que no hicimos bien los números y habíamos reservado una noche menos de las que tocaban. A eso súmenle que nos habíamos quedado sin dinero. ¿Resultado? Después del check out nos intentamos meter de nuevo en el hotel, nos pillaron (creo que la china tuvo algo que ver), y acabamos deambulando toda la noche, con la mochila a cuestas, por las calles de Ámsterdam.

En el Imperial Tarraco nunca he dormido. He estado en banquetes de boda y en la cena de graduación universitaria de la promoción 2002-2007 de Comunicación de la URV. Una de las peores cenas de la Historia (y he estado en unas cuantas), donde el plato estrella eran albóndigas con tomate y cuando llegó la hora de la barra libre, momento trascendental una noche así, un tipo aseguró que no nos podían servir porque aún no había llegado el momento de abrir las botellas. Lógicamente acabamos pasando al otro lado de la barra y a servirnos nosotros mismos. El vínculo licenciado universitario y servir copas empezaba a estar en auge.

Lo que ya estaba en decadencia era el hotel que por historia y situación tendría que ser la joya hotelera de la ciudad. Y que es un ingrediente más de las llamadas potencialidades de Tarragona. No hago lista de equipamientos o proyectos que se me deprimen, pero seguro que todos ya están pensando en más de uno (y más de cinco también).

Esta es la ciudad de la promesa eterna. Tarragona como Portillo o Bojan Krkic. Qué buenos son, lo tiene todo para triunfar,… y en eso se quedaron: en una declaración de intenciones. Y lo peor es que da igual. Ya que hablamos de hoteles, ¿Alguien sabe algo de Ca l’Ardiaca? ¿Le importa? ¿Y la Ciudad Residencial?

Tarragona, ciudad que la hace los que la habitamos: pasiva, de baja autoestima, con tendencia al victimismo. Ingredientes para jugar en Champions, pero acabamos deambulando en el Mainz 05. Como Bojan. Como una promesa eterna.


Pablo Alcaraz
Pablo AlcarazPeriodista d'Onda Cero TGN
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