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La gota malaya

Rafa J. Martínez Opinió dijous, 14 de setembre de 2017

Ante todo decir que tengo amigos independentistas. Sólo espero que cuando todo pase sigan siéndolo… amigos, digo, que para mí es lo importante. Nuestra amistad es un acervo que nos hemos forjado a lo largo de los años sin reparar en nuestras diferencias de criterio; en lo político a veces, en lo futbolístico en el resto de ocasiones.

No es fácil para mi pisar este charco, pero cuando diluvia del modo en que lo está haciendo me veo en la tesitura de, pese al chaparrón, salir a bailar bajo la lluvia. No bailaré un mambo, ya lo avanzo, prefiero la rumba catalana. Otros optarán por quedarse en casa, a resguardo de críticas; opción legítima, claro está. Entonces pienso, para qué sirve la lluvia si no es para mojarse.

No me olvido de felicitar a los miles de manifestantes de la Diada por la Independencia, por haberlo hecho desde el pacifismo y la xerinola. Muy al contrario de lo que muchos piensan en el resto de España, los independentistas no tienen rabo, ni cuernos, ni usan tridente para amedrentar. No, señores de 13 TV, son personas de toda condición que se sienten catalanes por encima de todo. Gente al que el proyecto de España que se les ha vendido no les resulta atractivo, porque sienten que se les excluye. Y tienen derecho a manifestarse. Ese derecho sí lo tienen.

Por desgracia no se puede afirmar que esta Diada planificada a la carta aúne a todos los catalanes. Como tal sentí tristeza. Tengo la sensación de que el 11 de septiembre se ha convertido en una fiesta arrebatada (por suerte nos queda Sant Jordi como celebración a exportar, precisamente porque nos aglutina a todos). La simbología independentista se ha acabado adueñando de la Diada y créanme, busqué con afán una bandera catalana entre la multitud. La busqué como quien anhela un soplo de aire fresco. No la encontré.

Aclarar que el mío es sólo un punto de vista, pero eso sí, es el mío, y es que existe una primera perversión en la terminología que se ha instalado como un cáncer en el día a día y en cualquier tertulia en Catalunya. No es otra que la diferenciación entre el “ellos” y el “nosotros”. Y trataré de explicarlo.

Ellos (los de allí)

En lo alto de una colina se nos ha situado a los “ellos” bajo el estigma de los diferentes, casi como el enemigo de la causa (toda contienda precisa de un enemigo). Se nos cataloga de unionistas (ésta es la que más gracia me hace), de españoles (como si eso fuese un insulto ¿?), charnegos, los de “Madrit” o “madrilenyus”(tarraconense hasta la médula), constitucionalistas (que se lean la Constitución un poco, sólo un poco), peperos (nunca voté al PP, por cierto), fachas (qué sabrán lo que es ser un facha), los que rechazan el referéndum y la democracia (¿¿??)…

En definitiva, los malos de una película cuyo guión se ha ido escribiendo poco a poco hasta calar en nuestra sociedad cual gota malaya. ¿Es que no entienden que puedan existir catalanes a los que como a mi se les eriza el vello al ver descargar un tres de nou amb folre i manilles y a la vez poder saltar con el puño en alto para celebrar un triple de Marc Gasol con la selección española? Qué pronto se ha olvidado que catalanes eran los que vivíamos y trabajábamos en Catalunya. En resumen, los “ellos” somos al parecer aquellos catalanes no estereotipados por el régimen local. No, no tenemos marcada en el pecho la divisa de la estelada, cachis…

Nosotros (los de aquí)

Situados en la colina opuesta se encuentran los “nosotros”, catalanes de cepa, independentistas de buen corazón, demócratas, los que tienen el monopolio de la razón, la verdad absoluta, los que quieren votar, los que elevan la estelada al viento con una sonrisa en los labios en pos de un futuro mejor. No me extenderé por no cansar; en definitiva, los buenos de una película cuyo guión se ha ido escribiendo xino-xano, calando en nuestra sociedad cual gota malaya.

Hordas Dothrakis

No puedo entender cómo a las élites de este país les interese más que nos estampemos la una contra la otra como hordas Dothrakis. Y yo digo: quien esté libre de culpa que tire la primera piedra. Tan culpables son aquellos que queman banderas, las quitan, silban himnos, amenazan con pintadas… como aquellos que desprestigian a los catalanes y nos ningunean, tanto en los medios de comunicación como en las redes sociales.

Mi más sincero desprecio a aquellos que basan su éxito político en dividir, lo han conseguido. No obstante será una victoria pírrica, si no, al tiempo. Quiero ser optimista. Yo acuso a estos políticos que se han servido del allí y aquí para marcar distancias con el enemigo. Madrid es siempre el enemigo. Los medios públicos (con dinero de todos) y también privados han sido utilizados para confrontar y dividir mediante sutiles mensajes, documentales… (el canal que más veo, el 3/24, por ejemplo: todavía sonrío cuando detecto el modo en que eluden el término España para no pronunciarlo –se dice península ibérica, o península- auténticos malabares lingüísticos que dan pena, sobretodo en la información meteorológica. En el otro lado del ring está, entre otros, 13 TV, que telita, telita, merece capítulo aparte).

Reconozcámoslo, catetos hay tanto en el bando “indepe” (nosaltres) como en el bando de “ellos”. No hay más que recorrer las redes sociales estos días para identificarlos. Insultos de un lado y de otro. A todo aquel que menosprecia al que no piensa como él, yo le acuso con toda la gravedad de la que soy capaz, le acuso de dividir, de atentar contra la convivencia. Le acuso y le maldigo. A todos ellos, que siembran semilla de odio, les digo que basta ya de irresponsabilidad, que la historia, la suya también, se hace día a día. Les digo que el insulto crea resentimiento y que sus consecuencias dañinas se expanden como un virus a través de esta sociedad en peligro de enfermar. Esas heridas son difíciles de restañar y por ello no quiero una sociedad así para mis hijos.

Estamos de acuerdo que democracia es participación ciudadana, y que lo ideal sería poder expresar la opinión de cualquier tema. Eso sería democracia en su máxima expresión. Sin embargo, las sociedades se rigen por sus propias normas, normas que pretenden mantener la convivencia, la seguridad jurídica, el orden, las libertades, derechos y obligaciones. Sin todo ello no hablaríamos de sociedad tal como la conocemos. La democracia, guste o no, tiene sus limitaciones. No podemos votar en referéndum, por ejemplo, que Trump deje de ser presidente americano, o que Corea del Norte deje de jugar con sus juguetes nucleares.

La democracia, para que sea tal, ha de tener reglas en las que sostenerse. ¿Alguno se sentiría más cómodo si en lugar de reglas escribo el término “límites”?. España, como otros estados democráticos de nuestro entorno, se formula como estado-nación. No me enrollo en esto, que lo expliquen los historiadores. Guste o no, es así. Somos lo que somos, insisto, guste o no. Desde hace siglos existe el concepto de nación, tan discutido y tan meridiano al mismo tiempo, y no es que España sea una nación, es que es “La Nación”. Esto al menos queda explícito en la Constitución Española, esa que desde la colina del “nosotros” quieren liquidar. Consulten, estudien e indaguen en Derecho comparado y no encontrarán Constituciones de países democráticos tan avanzadas como la nuestra.

Ha de entenderse que la organización política, administrativa, de derechos y libertades que hoy gozamos emana de esta Constitución tan denostada por algunos. Si hacemos el ejercicio de compararnos con otros países verán que no somos tan distintos. Hablamos de democracias tan consolidadas como la norteamericana, la francesa, alemana, etc… en cuyas regulaciones no hay lugar para discutir sobre la unidad del país.

Es entonces cuando entra en juego el concepto de soberanía, cuya titularidad (guste o no) la ostenta el pueblo español. Si se comprende el concepto ha de entenderse que una parte de una parte no puede decidir por un todo. Dicho de otro modo, los vecinos que conforman el rellano del primero no pueden decidir por todo el edificio.

Dicho esto, se acepta que la sociedad es cambiante, y que las normas han de adaptarse a la sociedad, y no al revés.

Estamos de acuerdo en que este país llamado España (aunque a los del tiempo de TV3 no les guste) es mejorable, diría que muy mejorable, pero no por ello podemos negar que sea un estado democrático.

Desde que cumplí los 18 años no he faltado a una sola votación, tanto en generales, como en autonómicas o municipales. No siempre gana el que yo voto, pero acepto el resultado. Son las reglas, fundamento de convivencia. Por ello no se acepta que se acuse a España de ser un país anti-democrático. Otra cuestión es que, como cualquier otro estado de su entorno, sea más o menos celoso de su soberanía. Votamos en períodos de cuatro años a las distintas administraciones.

Es obvio que el sistema electoral es muy mejorable, pues favorece a los grandes partidos, aquellos a los cuales nunca ha interesado lo del un hombre, un voto. Con la ley de Hondt no todos los votos valen lo mismo, por lo que podría decirse que los sistemas electorales atentan contra la idea de democracia pura. Un ejemplo lo tenemos en las últimas elecciones a la presidencia de los Estados Unidos. En ellas, Hillary Clinton obtuvo casi tres millones de apoyos más que su rival, Donald Trump. ¿Quién de ellos es hoy presidente pese a obtener menos votos? ¿Se puede afirmar que el norteamericano no es un sistema democrático?

España, como he dicho, es mejorable, en distinto grado según el cristal con el que se mira, pero no creo que romperla sea la solución. Reformar mejor que romper. Ya no voy a entrar en las maneras que se han utilizado para transgredir la legalidad vigente. Eso se lo dejo a otros. Bastante en evidencia han quedado.

Siempre he creído que cuando un problema se enquista entre dos partes en conflicto la solución está en cambiar de interlocutores. ¿Han pensado en ello? Unos nuevos gobernantes que den respuesta a ese sector de población que se manifiesta, en mayor o menor medida, y que a la vez englobe al conjunto. Los actuales ya han mostrado una miopía que la historia juzgará como irreversible.

Tal vez falte que salgan nuestros gobernantes en prime time televisivo (los del flanco independentista lo saben hacer muy bien) y den toda clase de respuestas, los unos no se oculten en un plasma y los otros que abran sus miras desde un punto de vista integrador y no excluyente. Lo peor es que los unos y los otros ya saben cómo acabará la película: aplicación del artículo 155 de la CE, asunción por parte del Estado de aquellas competencias cedidas a la Generalitat tanto en materia de sanidad y/o educación. En definitiva, pérdida de autonomía.

No se preocupen, ya acabo. A Sergi, gracias por darme cabida en tu medio. A Quim y Alba, disculpad que responda tan tarde, pero estaba viendo a la selección de baloncesto, que ya está en semifinales del Europeo. No es casualidad que esta selección la formen catalanes, canarios, cántabros, madrileños… No todo lo español huele a rancio, también huele a triunfo.

Llegaremos lejos, sí, no queda otra. Porque juntos somos más fuertes; juntos somos mejores.


Rafa J. Martínez
Rafa J. MartínezEscriptor i jurista
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