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El síndrome Bertín

Pablo Alcaraz Opinió divendres, 04 de desembre de 2015

Soñábamos que éramos Dinamarca y cuando nos despertamos Bertín Osborne estaba ahí. Y eso no es malo (ni bueno). Simplemente es. Y lo mejor sería reconocerlo.

Este es un país donde uno se autodefinía monárquico porque el Rey era campechano, donde la princesa del pueblo se llama Belén Esteban y donde un joven tiene más futuro concursando en un reality que sacándose una licenciatura. Donde se saca más provecho pagando cuota de militante de partido que costeándose un Máster.

Llamémosle el Síndrome Bertín. Decimos querer ser un intelectual pero nos morimos por cantar “Buenas noches señora, buenas noches señora” y poner ojitos a la cámara. Osborne triunfa porque el tipo es un cachondo con el que sabes que la fiesta está asegurada. Y porque en la mesa no van a faltar ni buen vino ni buen jamón.

Ahora toca escandalizarse por como su programa de entrevistas arrasa en TVE pero al final acabamos sucumbiendo a los encantos de Osborne como una Brigitte Nielsen cualquiera.

Cuenta el periodista Enric González que a la pregunta que se hacían muchos sobre por qué los italianos votaban, entre bunga bunga, a Berlusconi, la respuesta era muy sencilla: (casi) todos querían ser como él.

Le preguntaron hace unos días a Albert Rivera qué libro de filosofía recomendaría y contestó que alguno de Kant, aunque no había leído ningún título concreto. Un claro homenaje a Sofía Mazagatos que aseguró que Vargas Llosa era uno de sus autores favoritos pero que aún no había leído nada de él.

Las redes sociales ardieron con la afirmación de Rivera, pues de todos es sabido que Kant es el autor más leído en España, seguido de David Hume.

Pretendemos ser lo que no somos porque lo que somos nos parece poco, pero a la mínima el dedo se nos escapa y pone Telecinco. Queremos ser Massachusetts, Países Bajos o Dinamarca pero no seríamos capaces de soportarlo.

Habrán oído hablar de Borgen, la serie danesa que retrata la relación personal y profesional entre políticos y medios de comunicación a través de su primera ministra.

La serie arranca con la caída en desgracia del jefe de gobierno danés después de que hiciera unas compras para su mujer con la tarjeta de crédito oficial. Sigue con una política (a la postre, primera ministra) que pese a conocer el asunto no quiere aprovecharse de ello por el modo poco ético en que se han conseguido las pruebas. Es la misma que obliga a su marido a renunciar a una gran oferta laboral porque la empresa que le ha hecho el ofrecimiento tiene vínculos con su gobierno. Es la señora que rara vez rechaza una entrevista para dar respuesta a las preguntas que se hace la ciudadanía. Como ven es la viva imagen de nuestra política. El mismo modo de hacer y de entender el servicio público.

Aquí nos iluminamos con estos ejemplos, pero acabamos aplaudiendo a Pablo Iglesias cantando una nana a María Teresa Campos, Albert Rivera jugando en el Hormiguero, Pedro Sánchez tomando cerveza con tabasco en casa de Bertín y a Mariano Rajoy comentando el fútbol en la Cope.

Nos prometemos a nosotros mismos que nuestro modelo es el nórdico pero acabamos sucumbiendo a nuestro subconsciente. Somos así. Y ante eso no se puede hacer nada. Ya lo decía Maquiavelo (muy presente en Borgen): “Un príncipe siempre tiene una razón legítima para incumplir sus promesas


Pablo Alcaraz
Pablo AlcarazPeriodista d'Onda Cero TGN
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