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La chispa adecuada

Pablo Alcaraz Opinió dissabte, 18 de juny de 2016

¿Han visto “La Gran Belleza”? Si no lo han hecho, dejen inmediatamente la lectura de este artículo y corran a verla. Conocerán a Jep Gambardella, bailarán al ritmo de Rafaella Carrà en una terraza de verano y saldrán ganando.

Su director es el napolitano Paolo Sorrentino, que a preguntas de los periodistas, confesó que Roma, la ciudad donde transcurre la historia, no la conoce en profundidad. Y argumentaba que tampoco quería hacerlo, porque como en todas las cosas que se entienden bien, el riesgo de la desilusión está siempre al acecho.

Sorrentino explicaba que cuando está en la capital italiana se limita a intuirla, a vivirla como un turista. A no escuchar las críticas de sus habitantes, a cambiar de tema cuando se quejan de la ciudad, a silbar cuando reprochan la pobreza cultural y moral romana. “Cobardemente, me tapo los oídos. No quiero que me arruinen el sueño”. Y así, el cineasta es feliz. Superficial criticarán algunos. Sí, pero eso vayan a decírselo al tipo mientras sonríe y se toma un negroni en Campo de’ Fiori.

Algo de esto tiene la política. Si alguna vez se han sentido interesados en la cosa pública, son unos entusiastas de “El ala oeste de la Casa Blanca”, se ponen los discursos de su líder favorito en bucle y hasta estuvieron tentados de militar en una formación, sepan que si finalmente lo hacen, correrán un riesgo: Perderán la chispa. Descubrirán que la chica (o chico) de sus sueños hace ruidos extraños, expulsa gases a todas horas y le huele el aliento.

Los primeros meses se sentirá en una nube. Todo serán besos y abrazos. De vez en cuando verá cosas que no le acabarán de convencer, pero no le dará la más mínima importancia. Le quitará transcendencia y pensará que son nimiedades o que con el paso del tiempo ya pulirá esos “defectillos” que se aprecian y que, se intentara convencer, tampoco lo son tanto.

Pasado un tiempo, verá que lo que antes pensaba que eran anécdotas se han convertido en reglas y comprenderá que sólo le quedan dos opciones: Huir (corra y no mire atrás). O taparse boca, oídos y ojos y aprender a vivir así.

No vean en estas líneas una crítica sin piedad a los militantes y políticos que realmente creen en un proyecto y que tiene la voluntad, ganas y fuerzas de cambiar las cosas (o al menos intentarlo). En todo caso que se sientan dolidos los palmeros, gente con poca sustancia y poca materia. Sin ideas propias y, por lo tanto, abducidos por un pensamiento único, que acostumbra a ser el del líder de la formación. Siempre dispuesto al cambio, en función de una silla más o menos cómoda en un consejo de administración o en una concejalía cualquiera.

Siéntense y observen. Son fácilmente reconocibles y andas por todos lados. Su disponibilidad absoluta, el culto al líder, el babeo incesante y la fantástica capacidad de saltar del barco, cuando este se hunde, para rápidamente buscar otra embarcación a la que subir y otro patrón al que adular.

Personas que confunden servicio público con servicio personal y que a esta hora andan (algunos de ellos) preocupados con el 26J y el “Qué hay de lo mío”. Gente que ha conseguido que la visión que se tenga de la política sea similar a la de la gestión de residuos y desechos (Tony Soprano que estás en los cielos).

Prototipos perfectos de la anécdota de Mark Twain, que explicaba que una vez mandó a una docena de amigos un telegrama que decía: “Huye inmediatamente, se ha descubierto todo”. Todos abandonaron la ciudad.


Pablo Alcaraz
Pablo AlcarazPeriodista d'Onda Cero TGN
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