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Masculinidad y violencia. A propósito de la matanza de Florida.

Carla Aguilar Opinió dilluns, 19 de febrer de 2018

Quizás parezca una obviedad, pero el joven que ha asesinado a 17 personas en un instituto de Florida es un chico. Un chico en masculino, no un joven en general de cualquier género. Las numerosas peores matanzas civiles de EEUU, recogidas por El País el mismo dia 15 de febrero también fueron realizadas todas por hombres, excepto en el caso en que la esposa de uno de los asesinos. No encuentro casos de matanzas indiscriminadas a civiles perpetradas por mujeres. Según cifras de la BBC, el 90% de los homicidas a nivel mundial son hombres. En España, según los últimos datos del INE, se repite el dato: el 90% de los homicidios son cometidos por hombres. Los hombres matan más. En general, no solo a mujeres. El género no tiene nada que ver?

No se trata aquí de culpabilizar a los hombres, sino de analizar las cuestiones sociales, las estructuras de organización de la sociedad que producen estas estadísticas. Si el género no tuviera nada que ver, encontraríamos porcentajes parecidos en los homicidios cometidos por hombres o por mujeres, pero no es así. Hemos sido capaces de construir un modelo de feminidad con una tasa de homicidios muy baja pero también hemos generado un modelo de virilidad que naturaliza la violencia y la convierte, como señala Segato (2003), en una herramienta, en algo que entra dentro de la hoja de ruta masculina para resolver los problemas y, en muchos casos, para mantener una dominación social, económica y política. Por eso cuando un hombre mata, de alguna manera, es lo que la sociedad espera de ellos. Que resuelvan los problemas por sí mismos, y que recurran a la violencia si es necesario. Y lo digo en el tono más triste.

Como bien explica Lorente en Algunos hombres malos (eldiario.es), la violencia de género es una cuestión estructural, no un conglomerado de casos individuales. Es producto de un sistema. Los asesinos se hacen, y requieren de años de estímulos positivos que les premian cuando son más fuertes que los demás, cuando compiten y cuando responden de forma violenta a todo aquello que consideren una falta de respeto. Años en los que no se les estimula a desarrollar y expresar sus emociones, y en que aprenden que pedir ayuda muestra vulnerabilidad y fragilidad y eso es de chicas. Años de referentes que les repiten que es normal que un hombre grite cuando se siente frustrado, pero que una mujer que grita es una histérica, como muy bien ejemplifica Azpiazu (2017), porque un hombre puede descargar su frustración mediante la ira, pero una mujer no puede caer en eso.

Nuestra sociedad construye incluso el atractivo masculino sobre la violencia y dominancia masculina. Porque los productos audiovisuales no solo cosifican a las mujeres, también reproducen dañinos modelos de masculinidad. Y ello se lleva a la práctica entre nuestras y nuestros jóvenes, que, como observaron en su investigación de Flecha, Puigvert y Ríos (2013), reproducen la idea de que los modelos de masculinidad más cercanos a la violencia son los más atractivos.

La revisión de los patrones de masculinidad es fundamental para resolver este problema social, necesitamos cuestionar los modelos existentes y crear otros nuevos y mejores, alejados del uso de la violencia. Masculinidades pacíficas que pidan ayuda, que se ayuden por las herramientas consideradas femeninas, pero que son válidas para resolver problemas, como el diálogo o la paciencia. Que sean fuertes y valientes para resolver situaciones sin que hayan heridos, para cuidar, para mejorar su entorno, no para ejercer la violencia.


Carla Aguilar
Carla AguilarDoctoranda en sociologia de gènere i membre de Fridas
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